Monday, March 16, 2009

Lección del profesor Capecchi

Por Luis Jime Cisneros
Qué refrescante ha sido la entrevista concedida por el profesor Mario Capecchi, Premio Nobel de Medicina en el 2007. Refrescante, por lo que tiene de alentadora para vocaciones escondidas. Hermosa, por lo que tiene de enseñanza. Nada más reconfortante para los jóvenes que descubrir de cuántas maneras puede el hombre, cuando hay voluntad y certidumbre de las propias fuerzas, hacer frente a los tropiezos con que podemos encontrarnos en la vida.
Niñez dura la de este ilustre hombre de ciencia. Huérfano desde los tres años, con su madre en un campo de concentración, cuidado por unos campesinos, aprendió a leer y escribir cuando tenía 13 años. Y aquí está ahora; célebre por su esfuerzo, aplaudido y reconocido como hombre de ciencia, que logró, por la sola persistencia de una vocación por el saber, doctorarse en Biofísica, a los 30 años en Harvard y alcanzar, a sus 70 años, el Nobel de Medicina. Linda lección de perseverancia. Ejemplo para tanto joven que duda de sus fuerzas, por el solo hecho de no haberlas puesto a prueba. Mario Capecchi triunfó por haber tenido fe en su voluntad y por haber podido triunfar sobre tanto aparente desengaño.
“Me parece que lo más importante es que la gente encuentre algo que le apasione, que le interese y que lo haga pensar”. Que lo haga pensar. La inteligencia puede lograr lo que no alcanzará nunca la desesperación. El hombre que cuida inteligentemente sus emociones no se dejará vencer por la angustia ni por la desesperación. La vocación es algo no siempre visible ni siquiera por uno mismo. Pero cuando la vocación existe como un llamado a la conciencia, el hombre alcanza, con perseverancia y con fe, a poner en evidencia sus dotes.
Lo consiguió el profesor Capecchi. Es lección para todos nosotros. No importa que la vida nos nuble el horizonte. En el manejo de las propias certezas se halla, escondido, el camino hacia el horizonte. No siempre la vocación tiene caminos abiertos, iluminados.
Debemos felicitarnos por esa visita del sabio italiano. Los homenajes que acá ha recibido son menos importantes que su aleccionador ejemplo. Y está bien que todo esto haya ocurrido semanas antes de que iniciemos la vida escolar. La escuela no solamente debe ofrecernos conocimiento. Debe también ofrecernos modelos de vida, tablas de valores que son, en el fondo, los que de verdad contribuirán a hacernos ‘persona’.
Pues no solamente vamos a la escuela con la intención de ser buenos alumnos. Vamos a que nos preparen para ser ciudadanos del mundo; vamos a aprender a asegurar nuestro destino, a reforzar nuestra hermosa condición humana, saber por qué es importante pensar en el prójimo, a tomar conciencia de que estamos insertos en una tradición y que es nuestro deber aprender a conservarla y reforzarla gracias a los conocimientos.
La escuela es precisamente el taller, donde sea cual fuera nuestra edad, debemos aprender a ser perseverantes. Buen ejemplo de que eso es verdad lo acaba de dar en su entrevista el profesor Capecchi. Ejemplos parecidos nos ofrece también nuestra historia académica. No es enemigo del saber la pobreza. Ni puede confundirnos de niebla el horizonte cualquier trampa aviesa que la vida ofrezca.
Hay una voz interior que conduce nuestra vocación, una firme voluntad que lo alimenta. La escuela contribuye, a base de estudio y disciplina, a reforzar esas intenciones. Cuando el espíritu enciende su lámpara en lo más hondo de nosotros, descubrimos cuánto puede la fe en la vocación. Así confirmamos una vocación, y así nos explicamos el triunfo de quienes han sabido superar eventuales tropiezos para lograr el triunfo de una sana aspiración interior.
He tenido presente estos días un viejo libro que nos propusieron leer en el colegio. “Los tónicos de la voluntad”, de Santiago Ramón y Cajal, viejo sabio español, maestro de varias generaciones, libro que estuvo en nuestra cabecera largos meses. Todavía lo recuerdo. No ha dejado de reconocerlo la humanidad. En muchos corazones de ayer, la imagen de don Santiago está prendada, con su hermosa barba blanca, en nuestros corazones. La escuela debería también proponernos leer biografías de gentes que mostraron el poder del espíritu.