Por David Fischman. Ingeniero UPC
Cuando conocí a Ángela, de 9 años, en Aldeas Infantiles SOS, me llamó la atención que siempre tuviera la sonrisa dibujada en el rostro. Además, me gustaba ver sus locuras y dotes histriónicas. Cuando la observé con un poco más de detalle, vi que tenía una de sus manitos quemadas, con cicatrices que evidenciaban algún tipo de maltrato en el pasado. Al conversar con ella, me dijo: "Mi papá era malo, cuando yo hacía algo que a él no le gustaba, zambullía mi cabeza dentro de una tina llena de agua para asfixiarme. Un día introdujo mi mano en una olla con agua hirviendo. No lo quiero ver nunca más". Esta historia me dejó paralizado, con un extraño doble sentimiento de rabia con compasión. Pensé en el sufrimiento y el dolor que había vivido la pequeña Ángela. ¿Cómo era posible que esta niña mostrara tanta felicidad? Según la doctora Sonja Lyubomirsky, experta en la ciencia de la felicidad, la felicidad es un 50% genética; 10% relacionada a las circunstancias que a uno le toca vivir en la vida, como la niñez, la situación económica, el trabajo, entre otros; y un 40% depende de la voluntad de cada uno. Esa sonrisa en la cara de Ángela, a pesar de las circunstancias que vivió, demuestra que esta niña vino al mundo con un reservorio genético lleno de felicidad. Si usted tiene más de un hijo, seguro notará que el reservorio de felicidad de uno es más grande que el de otro. En el caso de Ángela, el destino le dio una genética de felicidad que le permitió lidiar con un entorno tan hostil.
Úrsula es otra niña que llegó hace poco a Aldeas Infantiles. Ella vivía y dormía en las calles. Nadie sabe bien la historia de ella, solo que llegó a la aldea con una ropita muy vieja y su inseparable cartón. Un cartón de un metro de largo por unos 50 centímetros de ancho. A todos lados, ella iba con su cartón, se aferraba a él como si fuera un salvavidas en el tormentoso mar de su vida. Esa noche le asignaron una casa, una cama, una mamá y una familia de niños abandonados que conforman un hogar. Al día siguiente, cuando su mamá vino a ver cómo había dormido, la encontró durmiendo en su inseparable cartón, en el piso. Algunas noches, Úrsula regresa al cartón, aunque su mamá sigue trabajando para que algún día lo deje. Posiblemente el cartón le traiga recuerdos de sus padres, o posiblemente se acostumbró y se adaptó a dormir en la dureza del piso.
Estas tristes historias reales, en las que solamente he cambiado el nombre de los protagonistas para proteger su identidad, nos dejan muchas enseñanzas. En primer lugar, tomemos conciencia de que todavía en el país hay mucha gente que duerme en un cartón y vive en la extrema pobreza. Aquellos que vivimos en un círculo socioeconómico alto muchas veces no nos damos cuenta del grado de pobreza que existe en el país. Vivir en un país con tanta pobreza implica una responsabilidad más grande que simplemente cumplir con nuestros impuestos. Vivir en un país con pobreza implica dedicar nuestros recursos y tiempo personal a buscar soluciones para que este flagelo desaparezca lo más pronto posible de la sociedad. ¿Cómo? Ayudando con nuestro tiempo o dinero a alguna obra social, tratando de pagar sueldos por encima del mínimo, dando oportunidades, evitando prejuicios, generando empleo e invirtiendo en el país. Finalmente, siendo un ejemplo y movilizando a nuestro grupo de influencia para armar una cadena de solidaridad que ayude a paliar la pobreza mientras el desarrollo económico gradualmente la elimine.
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